Cuando era joven (bueh, aún lo soy… creo), digamos, antes de salir del colegio, pasaba siempre por el Video Club que había por acá. Y era video club de video cassette, con cinta, que debías devolver rebobinado (si es que lo recordabas). Siempre tomaba en mis manos una película que nunca arrendé y, que hasta el día de hoy, no he visto (y eso que internet se consigue casi todo): ‘Es o no es’. Me gustaba mucho la cubierta de la caja, salía Kevin Kline de novio, con la humita sin nudo y en pose de baile: de entradita uno sabía que era de esas comedias romanticonas. Siempre que pasaba mirando los títulos la veía y repetía mentalmente ‘¿Es o no es?‘ y me respondía ‘no, otro día’.
Tantas veces hice lo mismo que el título de la película quedó metido en mi cabeza, siendo actualmente mi frase decisional. Cuando miro un par de zapatos (y vaya que miro!), un menú rico al almuerzo o el baño sucio, me digo ‘es o no es’, lo que me da dos alternativas posibles. Este último tiempo mi ‘es o no es’ más recurrente ha sido el taller literario.
Cuando era más chica, en esa época del video club, me la pasaba escribiendo. Tenía tanto talento, y es malo que lo diga, pero hasta yo podía sentir que tenía un don. Un don especial para traspasar lo que estaba en mi cabeza al papel sin perder ni puntos ni comas. Cuando gané un concurso de cuentos random, me convencí que lo mío era lo literario netamente letrístico. Eso fue en 3° medio (sí, de esa época conservo mi gusto por una ortografía y redacción impecables).
Luego los años pasaron, tengo otra carrera, el tiempo se hace cada vez menor, y las ideas de mi cabeza no las puedo pasar tan fácilmente al papel (o al Word o al procesador de texto de turno). El problema es que todavía siento que puedo, y prueba de eso trato de escribir mientras puedo, y mando lo que escribo a cualquier concurso literario que se me ponga por delante. Siento que esa es una manera de validar lo que hago. Por ejemplo, mandé un concurso a la Revista Paula, y ni me había fijado, pero hace 2 semanas están los ganadores… y no gané. Siento que mi trabajo no es valorado ni validado, por lo que, una vez más, el taller literario pasa a la lista de prioridades. Me latea sólo pensarlo, me lo imagino como una especie de tuiter, donde el profesor te hace unfollow cuando no pasas por su gusto. Quiero escribir, y aunque le temo al fracaso en este aspecto, necesito validar de alguna manera mi arte… aunque sea con un proceso que no me convence del todo.
Taller literario: ¿es o no es?
PS: He escrito este post para convencerme de que necesito el taller literario, I guess.
Esa fue la última vez. Fue una llamada de 2 minutos, pero dijimos más cosas que en muchos años. Me da pena que las cosas se hayan dado como se dieron. Él me enseñó de música y me heredó el gusto por la literatura y el cine. Recuerdo que cuando era chica me decía que me iba a tomar en brazos hasta que tuviera 15 años, y yo me imaginaba bailando con él el día de mi matrimonio… ninguna de las dos cosas pasaron, ni compartimos todo el tiempo que debimos hacerlo… pero sé que en el lugar donde esté, hay una parte de mi corazón en el de él, así como él va siempre en el mío.
Todo transcurre en un universo paralelo donde las micros son amarillas y el metro está vacío. Una tarde un geek descubre con Google Maps una sombra grande en África y resulta que es un meteorito que va a golpear la Tierra… se acerca, se acerca, se acerca, pero como no se consigue que Bruce Willis vaya a dinamitarlo, el meteorito se desvía solo, pero caen pequeñas rocas que traen una infección al Planeta: el virus gay. Dentro de una hora, el 80% de los habitantes del planeta están contagiados, mientras que un pequeño grupo de heterosexuales se refugian en Checoslovaquia, planeando la salvación de la humanidad… 15 minutos antes de que termine la película, es la batalla final…